Ciudad Costera
Otra vez llega el verano, y otra vez llegan olores y sensaciónes como cada año.
Se vuelve a oler el mar, a 200 metros de la playa y a 8kilometros en el monte que es donde está mi casa. Y pronto, habrá alguna noche tontuna en la que en vez de coger la repetitiva autovía, tiraré por el paseo, para oler el mar… y le quite la voz a la radio y pare en algún semáforo solo para escuchar las olas. Y otro año más, me haré la misma pregunta, “¿Habría sido feliz viviendo en un pueblo pesquero?” y la misma respuesta “Si”, por que sentir el vaivén de las olas, los aparejos de la pesca, la madera húmeda, el frio mar y los seres queridos aguardando con desesperación tras una sopa caliente cualquier noche de mar gruesa. Sin duda sería feliz.
Que ocurriría si me quitaran el mar, si me fuera a vivir a una ciudad sin mar… de hecho cuando he pasado algunos días en la montaña, he extrañado el mar, pero creo que más que eso ha sido el poder mirar al horizonte y verlo y no ver nada, y sentirme pequeño y comprenderlo todo, aunque quizás más bien, averiguar el proximo paso. Por que le preguntas al mar y te preguntas a ti, le hablas al mar y te hablas a ti, te desahogas en el mar y le cuentas lo que ni a una amante, por que al mar lo amabas desde que con pocos meses, te bañaron en el, desde que con pocas semanas, gateabas por sus arenas, desde que a los pocos días, lo viste mientras ibas en el coche y desde el día que nacistes, olistes cierto toque de sal en el aire que se haría vital para sentirte vivo.



