Por un bocado más
El verano había acabado, las tardes se hacían cada vez más cortas y el sol de la tarde enfriaba más de lo que iluminaba. Pero ya había cogido esa rutina, volvía del trabajo, desde una hora antes de finalizar no paraba de pensar en ti, de imaginarme lo que te haría en cuanto llegara. Y cuando cerraba la puerta de la casa y echaba el cierre, empezaba a notar tu inquietud, allí en tu celda fría y húmeda. Ya sabías que había llegado la hora, una noche más, como todas las noches, como todos los días. Yo disfrutaba con esa sensación de tener el control, y la disfrutaba, primero me desvestía y me daba una ducha. Cantaba, quería que me escucharas, quería que sintieras quien era el dueño, quien tenía el poder, que pasaras angustia como yo la pasaba cuando estaba lejos de ti y… una vez duchado y seco, te sacaba y decidía lo que te haría… te chuparía, te lamería o te mordería hasta menguar tu cuerpo ya menguado. Era un momento de histeria sublime. A partir de ahí son trazos hasta la mañana siguiente, sentimientos de culpa, vergüenza y arrepentimiendo. Recuerdo haberte vuelto a encerrar no sin pena. Recuerdo acostarme. Recuero levantarme y decidir, como cada día, si hoy sería el día en el que pensaría que no era necesario ir a trabajar, si hoy sería en día en el que me metería en tu oscura y fría celda y acabará contigo de placer, pero una vez más seguía con la rutina, las rutinas son buenas y permiten disimular.


