[…]Y cogí aquel dulce entre mis dedos, el simple echo de estar ahí, tan cerca mía, después de varios días sin comer me hacían sentir que cometía un pecado. Pero aunque hubo muchos sufrimiento en estos días, por fin pude tener oportunidad de comer y, si era un dulce, no lo rechazaría. El olor de la melaza despertó en mi ser deseos que creía olvidados y di el mordisco más grande que pude, pues no sabría cuando duraría aquel placer y lo tomé con ansia. Quería que cada papila, que cada rincón de mi boca redescrubriera el gusto por lo dulce, el crujir del hojaldre y la textura de la crema. Mastiqué y mastiqué aquel bocado de gloria y por fin lo tragué.
Y mientras bajaba ese manjar de bocado, subía por mi espalda hasta mi consciencia el sentimiendo del pecado, la desdicha de la gula y el remordimiento de la obesidad. Las lagrimas estallaron en mis ojos por la tristeza, el sentimiendo fugaz de alegría y un saber de que en el fondo, solo era un aspaviento de debilidad. Tiré el resto del dulce y salí corriendo hasta el baño, donde devolví entre lagrimas y mocos la felicidad, las alegrías y las ganas de vivir.
Fin